Fidel Castro ha sustituido desde hace dos años los aprestos del verdugo por los modos de la literatura conventual.
Ahora se ocupa del cambio climático, de la revolución bolivariana y de la paz universal; todas las semanas, en su sermón a los sumisos lectores del diario Gramma y otras publicaciones únicas del pensamiento único y del partido único, intenta convencer a sus seguidores obligatorios de que no solamente la Historia le absolverá: es que lo convertirá en estatua.
Días pasados, en un gesto de cinismo, reconoció que la era del comunismo fue para él el mejor tramo de su vida, y que la caída del Muro significó para su corazoncito un drama insuperable.
Ningún tiempo lejano fue mejor, ninguna época histórica más plena y bella, ninguna fiesta ofreció contastes mejores: nada importaba naturalmente que miles de desagraciados poblaran o fueran torturados en la cárceles, que los homosexuales fuesen perseguidos como ratas, que los católicos vivieran en las catacumbas, que los demócratas fuesen aherrojados en la Isla de la Juventud o en una de la muchas prisiones del régimen. O que los disidentes pasaran de vez en cuando por Villa Marista, centro universal de la tortura. Tampoco importaba que la Unión Soviética, Bulgaria o Alemania del Este controlasen la policía y las fuerzas armadas en permanente amenaza y advertencia a Estados Unidos. La soberanía de Cuba le importaba poco al dictador: él era feliz rodeado de polizontes, verdugos y mayordomos vestidos de verde oliva. El pueblo llano, si podía, se largaba en balsas a Miami.
Castro se ufanaba en este artículo singular de que ninguna estatua, monumento, iconografía del comunismo mundial —en Cuba sobran estos bodrios— había sido retirada o derribada al caer el Muro, prueba universal de que las cosas seguían como estaban en la isla y así seguirían estando mientras su hermano Raúl siguiera con el bastón en la mano y él le aconsejara sobre los métodos más eficaces para manejarlo.
¿Qué ha cambiado en Cuba, se preguntan muchos de cuantos regresan a la isla dos años después de que Castro se haya puesto un chándal y una bata de casa para dedicarse a la escritura y la predicación.
En realidad, nada o casi nada, con la diferencia de que en la edad de oro comunista, cuando Breznev y Kruschev dirigían el cotarro, Castro no escribía los plomíferos artículos con que nos regala estos meses, y sus agentes que por aquel entonces se dedicaban a la subversión continental guerrillera en Guatemala, El Salvador, Nicaragua y otras siniestras patrias de la revolución, no estaban todavía en Venezuela y la idiotez de la revolución bolivariana era una mercancía inédita.
Fiel a sí mismo y a sus obsesiones sanguinarias, Castro reivindica, como hizo a lo largo de su vida, el horror de aquellas épocas mientras el país se sigue hundiendo en la miseria, la violencia, la represión y el crimen de Estado. Todo ha cambiado, es decir, todo sigue igual. O peor.
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