Skyline de Barcelona, hoy

miércoles, 30 de enero de 2008

Las nostalgias de Castro




Por Alberto Míguez
Fidel Castro ha sustituido desde hace dos años los aprestos del verdugo por los modos de la literatura conventual.

Ahora se ocupa del cambio climático, de la revolución bolivariana y de la paz universal; todas las semanas, en su sermón a los sumisos lectores del diario Gramma y otras publicaciones únicas del pensamiento único y del partido único, intenta convencer a sus seguidores obligatorios de que no solamente la Historia le absolverá: es que lo convertirá en estatua.

Días pasados, en un gesto de cinismo, reconoció que la era del comunismo fue para él el mejor tramo de su vida, y que la caída del Muro significó para su corazoncito un drama insuperable.

Ningún tiempo lejano fue mejor, ninguna época histórica más plena y bella, ninguna fiesta ofreció contastes mejores: nada importaba naturalmente que miles de desagraciados poblaran o fueran torturados en la cárceles, que los homosexuales fuesen perseguidos como ratas, que los católicos vivieran en las catacumbas, que los demócratas fuesen aherrojados en la Isla de la Juventud o en una de la muchas prisiones del régimen. O que los disidentes pasaran de vez en cuando por Villa Marista, centro universal de la tortura. Tampoco importaba que la Unión Soviética, Bulgaria o Alemania del Este controlasen la policía y las fuerzas armadas en permanente amenaza y advertencia a Estados Unidos. La soberanía de Cuba le importaba poco al dictador: él era feliz rodeado de polizontes, verdugos y mayordomos vestidos de verde oliva. El pueblo llano, si podía, se largaba en balsas a Miami.

Castro se ufanaba en este artículo singular de que ninguna estatua, monumento, iconografía del comunismo mundial —en Cuba sobran estos bodrios— había sido retirada o derribada al caer el Muro, prueba universal de que las cosas seguían como estaban en la isla y así seguirían estando mientras su hermano Raúl siguiera con el bastón en la mano y él le aconsejara sobre los métodos más eficaces para manejarlo.

¿Qué ha cambiado en Cuba, se preguntan muchos de cuantos regresan a la isla dos años después de que Castro se haya puesto un chándal y una bata de casa para dedicarse a la escritura y la predicación.

En realidad, nada o casi nada, con la diferencia de que en la edad de oro comunista, cuando Breznev y Kruschev dirigían el cotarro, Castro no escribía los plomíferos artículos con que nos regala estos meses, y sus agentes que por aquel entonces se dedicaban a la subversión continental guerrillera en Guatemala, El Salvador, Nicaragua y otras siniestras patrias de la revolución, no estaban todavía en Venezuela y la idiotez de la revolución bolivariana era una mercancía inédita.

Fiel a sí mismo y a sus obsesiones sanguinarias, Castro reivindica, como hizo a lo largo de su vida, el horror de aquellas épocas mientras el país se sigue hundiendo en la miseria, la violencia, la represión y el crimen de Estado. Todo ha cambiado, es decir, todo sigue igual. O peor.